
Larga, muy larga, es la sombra de Juan Soler, uno de los peores (si no el peor) presidentes de la historia del Valencia CF. Tan larga, que varios años después de su forzada marcha, todavía resuenan los ecos de su desastrosa gestión, y las noticias de sus terribles consecuencias golpean, día tras día, los corazones de los aficionados del Valencia CF. Si hace pocos días despedíamos todos juntos a Rubén Baraja, mito ya de la historia del Valencia, hoy tratamos de digerir, con la mayor entereza posible, la venta de David Villa al FC Barcelona, uno de los máximos goleadores de la historia del club.
Que conste que entiendo que al club no le queda otro remedio que tomar este tipo de decisiones, difíciles, impopulares, trágicas para el aficionado. Lo entiendo porque trabajo cerca del lugar donde se supone que Juan Soler iba a construir su obra megalítica. Los cimientos del Nou Mestalla se mantienen como pueden y ofrecen al mundo, al ciudadano y al visitante, la más clara muestra de la situación actual del Valencia CF: la ruina más absoluta.
Creo que Manuel Llorente no tiene culpa de todo esto. Él es el mero ejecutor que Bancaja, máximo acreedor del club valencianista, ha designado para retomar el rumbo de la nave y tratar de mitigar, en la medida de lo posible, la asfixiante deuda de un club que hace sólo seis años, se erigía como uno de los clubes más grandes de toda Europa, designado como mejor club del mundo en el año 2004. Hasta que llegó Juan Soler.
Juan Soler recibió un regalo de su multimillonario padre, Bautista Soler. Como un niño al que regalan un juguete, así se comportó Juan Soler con nuestro Valencia. Capricho tras capricho, fue dinamitando entrenadores. Primero Quique, que tenía al equipo entre los cuatro primeros de la Liga y luego Koeman, con las respectivas indemnizaciones. Lo mismo hizo con los directores deportivos, a los que nombró y despidió de forma caprichosa y sin ningún criterio deportivo. Fichó jugadores a precios fuera de mercado, como los 25 millones de euros pagados por Joaquín, o el aberrante contrato firmado con Asier del Horno, el jugador mejor pagado de la plantilla y al que le quedan dos años más de contrato. Como colofón, se atrevió a poner en marcha una obra megalómana que nadie se creyó. Las parcelas del antiguo Mestalla no se venden y el nuevo estadio parece que jamás podrá acabarse.
Poco a poco, los problemas iban aflorando. La grieta cada vez se hacía más grande hasta que empezaron a llegar las consecuencias naturales. El primer afectado fue Raúl Albiol, un jugador muy prometedor, valenciano, que salió la temporada pasada por la puerta de atrás para empezar a mitigar la desorbitada deuda del club. Los siguientes en pagar fueron los aficionados y accionistas, como siempre, que tuvieron que asumir una ampliación de capital para evitar el temido consurso de acreedores. Ahora, el Valencia no puede afrontar las tremendas fichas de los jugadores y tiene que empezar a soltar lastre. La venta de David Villa la llevamos asumiendo muchos años, pero es triste que queriendo quedarse, tengamos que venderlo a bajo precio (en mi opinión) para poder salir adelante. Y no descartemos más ventas, porque la situación actual del Valencia no es preocupante, es de enfermo terminal.
Repasando la historia del personaje en cuestión, añadiré, además, el curioso efecto gafe que produjo sobre el Valencia a nivel deportivo. Juan Soler llegó al Valencia tras conquistar un doblete histórico. Durante su mandato, el Valencia nunca fue campeón, y, de hecho, volvió a serlo poco después de su dimisión. La sombra de Juan Soler es muy alargada, arrastrará a nuestro club a una larga y tortuosa travesía a través del desierto durante unos años, duros y difíciles, en los que entre todos deberemos tratar de entender y ayudar para que el Valencia pueda volver a levantarse y mantenerse en pie.
Esta es la realidad. Personalmente nunca podré perdonar a Juan Soler todo lo que está sucediendo. Ni siquiera entiendo cómo le quedan arrestos para seguir levantándose día tras día con esa carga sobre sus espaldas. Primero fue Baraja, ahora Villa. No sé quien será el siguiente, pero son demasiados golpes emocionales para una afición acostumbrada a las sacudidas, pero ya demasiado malherida.
En otro día muy duro para el valencianismo, no me queda más que agradecer a David Villa los largos años de dedicación, esfuerzo y profesionalidad. Por mi parte le deseo todo lo mejor y mucha suerte en el futuro. En el Valencai se ha heco grande y una parte de él queda por siempre en nuestros corazones y en nuestro escudo.
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