
Estamos a unos días de que se cumplan diez años de aquella final de la Champions en Milán, voy a adelantarme a la fecha e intentaré describir mis sensaciones sobre aquel hito de la historia del valencianismo, en estos días se ha hablado mucho y muy bien de la gesta que protagonizó el Alavés en aquellos días, espero que los medios sean igual de justos y tengan tanta memoria para homenajear a un equipo que no llegó a traer la copa pero que tuvo a millones de espectadores con el corazón en un puño durante 120 larguísimos minutos y una agónica tanda de penaltis.
Poco puedo aportar yo que no se haya dicho sobre aquella final, no creo que consiga descubrir nada nuevo, por ello describiré desde mi corazón futbolero y valencianista cuales son las sensaciones que me vienen a la cabeza diez años después. Tenía entonces 17 años, a mi me parecía la edad ideal para consagrarme y levantar mi primera copa de europa, contaba con la suficiente experiencia futbolera para disfrutarla y consideraba en mis sueños adolescentes que ganar la primera con diecisiete podía hacer que viera al Valencia levantar unas cuantas mas, quizá no tantas como el Real Madrid pero con un poco de suerte se podía superar al Barca, esto era posible, al fin y al cabo sumando la final de Milán habíamos jugado las mismas finales de la Champions que el Real Madrid en 18 años y que el Barca en 14, además contaba ya con la experiencia del sufrimiento del año anterior por lo que podía considerarme como un digno campeón de Europa de consumarse el triunfo. La verdad es que visto desde la distancia suena a una pedantería manifiesta pero estoy seguro que muchos valencianistas pensaban igual que yo. Que lejos estábamos de pensar que tardaríamos muchos años en volver a tener una ocasión como esa. El Bayern era un buen equipo para que vamos a engañarnos, pero nosotros estábamos en nuestro mejor momento y llegamos al delirio en la noche de Juanito Sánchez frente al Leeds, éramos imparables y nadie podía evitar que la orejona descansara a la orilla del Túria.
Para colmo nos adelantamos en el minuto dos y Cañizares para un penalti, el equipo está centrado y lo sabemos, nada que ver con el estropicio que hicimos el año anterior, esta vez Europa se estaba enterando de quien era el Valencia, un equipo experimentado y con calidad suficiente para proclamarse campeón de Europa. Un colegiado holandés iba a regalarle al Bayern la posibilidad de empatar, esta vez Effemberg no perdonó e igualó un partido que iba a adquirir tintes dramáticos. Sobre el desarrollo táctico y estratégico no hablaré en este artículo, existen miles de variantes para decidir si Héctor Cuper lo hizo bien o mal, juzgar a toro pasado es muy fácil, si lo hacemos todos estaremos de acuerdo en que se equivocó pero creo que no es justo manchar una trayectoria de un mérito extraordinario por el resultado de dos finales. Terminó el tiempo reglamentado y arrancó la prórroga, no recuerdo sensación de mayor agonía como la que vivimos esa noche, está claro que la vida te da golpes mucho mas duros de los que te puede ofrecer la pasión por tu equipo, la vida puede golpearte muy duro y conseguir que perder una final de la Champions League en la tanda de penaltis sea la cosa mas absurda del mundo, pero en ese momento y lugar la agonía y el sufrimiento se mezclaban con la ilusión y la fé. Debemos recordar que fue una final de gol de oro, sabíamos que la distancia que separaba la gloria de la desdicha era muy poca, la barrera del precipicio estaba muy cerca, por eso perdíamos medio corazón con cada conexión del Bayern.
La tanda de penaltis la recuerdo como el no va mas, cuando te juegas tanto en tan poco espacio de tiempo y terreno pierdes la noción de donde estás y solo deseas que termine para estallar. Lo peor de aquella tanda es que comenzamos ganando, como si el destino quisiera ser mas cruel todavía con el futuro que nos esperaba. Después llegaron los fallos de Z.Zahovic y Carboni, que cerca estuvo el esloveno de pasar a la historia como el hombre que trajo la Champions League a Valencia, un futbolista de calidad pero muy tibio, todavía me vienen a la cabeza sus disparos con la uña y su penalti lanzado , pero es que en frente estaba un león herido llamado Oliver Khan, el león se comió al gatito y con él se llevó el futuro y la memoria de Zahovic en Valencia. Después el de Carboni fue mala suerte, el italiano se perdió la primera final de París y falló en Milán el penalti mas importante de su vida. La tanda comenzó a adquirir tintes heroicos con los lanzamientos de Bixente Lizarazu y Kily González, ya no se podía dar mas, ahora si que iba de "Bó", el que fallara se iba para casa y recordaría Milán amargamente el resto de sus días. Gol de Linke y fallo de Pellegrino, poco mas que decir.
Diez años después recordamos como quien recuerda a un familiar muerto esas dos finales, ojalá volvamos alguna vez, mis sueños futboleros están centrados en volver a jugar una final de la Champions y.............ganarla, porque si no se gana no seré yo quien se atreva a contarlo en un artículo.
Facebook
Twitter
Myspace
Mister Wong
Digg
Del.icio.us
Yahoo
Blinkbits
Ma.Gnolia
Googlize this
Blinklist
Wikio
Meneame