Daniel Solsona se estrenó en Primera con el Espanyol a los 18 años. Ocho campañas más tarde había jugado 234 partidos de Liga y era un clásico en el apogeo de sus facultades, aunque se le empezaba a notar un poco aburrido de habitar en la zona tibia. Fue entonces cuando el Valencia le llamó. Un año antes le había tanteado el Barcelona, pero el inefable Núñez quiso imponerle un periodo de prueba y Solsona se negó.
Aquí proporcionó más disfrute que resultados. No era un marathoniano, pero, a cambio, mantenía una relación amorosa con la pelota. La recibía con mimo, la acariciaba de interior y exterior, y tras levantar la cabeza la reexpedía con un trazo preciso de tiralíneas. En los días grises podía resultar enervante, pero un repentino pase liftado compensaba todas las esperas. Anotaba por encima de la media de los centrocampistas, casi siempre con mucha plasticidad.
Cuando salía motivado daba la impresión de lograr lo que se propusiera. Se esmeraba especialmente contra el Barcelona, como homenaje particular a su presidente, y fue muy feliz al humillarle con un 0-3 y dos goles de su marca en la primera jornada de la Liga del 81. En cierta ocasión fue engañado por los suplentes del Atlético, que le hicieron lanzarla fuera inventándose una lesión. Solsona pidió el balón siguiente, caracoleó al borde del área y largó una parábola al ángulo opuesto. Después, dedicó la celebración al banquillo rival, con un juego de brazos altamente incorrecto.
Como suele ocurrir con los artistas, no todos los entrenadores apreciaron sus habilidades, y los seleccionadores menos que ninguno. Kubala, que era adicto a los tragamillas, le ninguneó en su primera época. Santamaría habría podido darle el mando de un equipo mundialista muy escaso de creatividad, pero, tras un aciago España-Hungría en el que el contragolpe magiar nos destrozó, no repitió el experimento. En total, Solsona fue siete veces internacional absoluto, dos de ellas como valencianista.
Tras la crisis de 1983 se fue al Bastia, proque su ficha sobrepasaba las posibilidades del club. En el fútbol francés, menos agonista que el español, encantó a base de malabarismos. El periódico deportivo L'Equipe llegó a titular: "Solsona, roi d'Espagne", pero Francia quedaba muy lejos en aquellos tiempos, y casi nadie se enteró. En su última etapa pasó por el San Andrés como técnico disfrazado y después se integró en el equipo asesor del Espanyol. [Resumir] |