José Antonio Morante, 'Lico', había destacado muy joven en el Elche a base de tragar kilómetros como una camioneta de reparto. El Espanyol millonario de Vila Reyes le hizo formar con Glaria una media clásica, que conoció el éxito y el desastre. Era un veterano que aún no había cumplido los 27 cuando Vicente Perís lo permutó por Poli y un buen pellizco de dinero. Todos entendieron que el Valencia salía ganando.
Lico cayó bien a la parroquia. Era desaliñado, errático con el balón y arbitrario en sus opciones, como si la melena le tapase la más obvia, pero aparecía en tres o cuatro sitios a la vez cuando tocaba defender el centro del campo. Con nervio suficiente para jugar con fuerza, a pesar del poco cuerpo, pareció el escudero idóneo para Claramunt, encargado de la intendencia y el trabajo sucio. La asociación funcionó excelentemente durante la primera temporada.
Tras estrenarse en la selección contra Hungría, casi por aclamación popular (había jugado en la sub-23 y figurado en la primera preselección para el Mundial de Inglaterra), Lico fue homenajeado con una ovación de gala al marcar su primer gol blanco, con un cabezazo a bocajarro contra el Málaga. Desde ahí se eclipsó con rapidez. Como suele ocurrir a los maratonianos, la gente empezó a exigirle algo más que trote incesante. Bajó de condición física, y en el curso del 75 podía considerársele amortizado. Después ha arraigado en el Albacete como jugador y técnico, y ha prestado algún que otro servicio a su Elche originario.