Una de las etiquetas más traicioneras del fútbol es la que define a un jugador como 'hombre de club', porque a la idea de servicios eficaces yuxtapone la de limitación para mayores vuelos. Roberto Gil la llevó pegada durante la mayor parte de su carrera. La aceptó y ajustó su comportamiento a ella hasta completar un palmarés brillante, aunque sin el espaldarazo de internacional que otros recibieron con menos argumentos. Después mantuvo esta condición durante una larga prestación técnica, que incluyó año y medio a cargo del primer equipo cuando empezaba a planear hacia el abismo.
En sus orígenes había sido un rematador corajudo, que tomaba carrerilla desde la posición de interior. En tal concepto aterrizó en el Valencia con facilidad goleadora, mediante descargas a media distancia o cabezazos tan académicos como enérgicos que le valieron varios puntos. Poco a poco retrasó la posición con el descenso correlativo de la eficacia, pero todavía en el 64 tres de sus testarazos supusieron otros tantos 1-0 consecutivos. En 1966 marcó en el Camp Nou uno de los pocos goles cabeceros desde fuera del área que ha conocido la liga española.
Asentado como medio, durante mucho tiempo recibió críticas a su colocación. En realidad se le confiaba tanto terreno que era imposible que no dejase ciertos claros al descubierto. Acabó por emplazarse de cuarto defensa y, como había ocurrido con Sendra, buena parte de la grada no acetó con gusto este retraso sistemático. Roberto ofrecía desahogo zaguero, capacidad para multiplicarse en otros tantos Robertos como se necesitasen y tranquilidad para la salida de la pelota, sin dureza sistemática salvo que lo requiriese el guión. Con arreglo a la teoría de los complementarios encontró pareja estable en Paquito, tan discontínuo y ofensivo como regular y aplicado en el corte era Roberto, aunque éste fuese capaz de asumir la labor creadora si el otro medio era un destructor específico como Egea o Vilar.
Capitán del equipo en la segunda mitad de los sesenta, le tocó levantar la Copa de 1967. Lo hizo sobriamente, conforme a su estilo, sin amenazar la integridad del donante como algunos de sus sucesores. Estando en activo abrió a medias con Héctor Núñez un restaurante que no llegó a arraigar. Retirado a medio curso del 71, recibió un buen homenaje contra el Honved. Luego desarrolló casi toda su carrera técnica en el Valencia, escarmentado por una incursión levantinista en la que los jugadores se le encerraron en el vestuario para poder cobrar. También ha hecho de comentarista televisivo, más bien cauteloso en sus apreciaciones.