Cesáreo López había hecho una carrera notable como guardameta del Sporting de Gijón, con una actuación infranqueable en Mestalla. En el Málaga se ganó el mote de 'el portero volante', por lo lejos de la red que seguía el juego, desde una posición bastante usual en nuestros tiempos. Llegó curtido y trajo estatura, decisión, colocación y flema. A cambio declaró cinco años menos de los que tenía, ante el escepticismo del doctor Ribes, aunque al sacarle el pasaporte se le descubrió el pastel.
Durante tres campañas fue el primer recambio de Quique. Algún partido bueno y una excursión feliz a Holanda, que le valio la titularidad durante su racha más sostenida, se alternaron con balones aceitados, escurridos en el peor momento. Una tarde aciaga en Las Palmas, en 1952, cuando empezaba a afianzarse, lo derrumbó definitivamente. Iturraspe lo apartó para dar confianza a Timor, y lo retiró tras un año en blanco. López se marchó al Gandía a comenzar una carrera de entrenador que no fue demasiado duradera.