Gimnasia y Esgrima, Leonardo Murialdo, Independiente Rivadavia, Boca Juniors
Aunque con un rendimiento dispar, los cuatro primeros extranjeros fichados tras la reapertura de fronteras eran primeras figuras internacionales. Por eso cuando en el verano de 1977 se anunció al quinto, un extremo de Boca Juniors llamado Darío Felman, muchos pensaron que podía tratarse de un descubrimiento fenomenal.
No hubo nada de eso. Ponía voluntad y se llevaba unos porrazos tremendos, tantos que llegó a sospecharse que le habían traido para absorberlos y dejar intactos a sus compañeros. Tras una temporada discreta, intentó seguir como español. Hubo complicaciones, porque se decía que había jugado nueve minutos con Argentina. Sus detractores argumentaban que para negarle bastaba con verle jugar. Al final hubo luz verde y Felman pudo completar seis campañas, en las que entró y salió del equipo de un modo tan habitual que la gente apenas caía en la cuenta de que estaba.
Marcó goles importantes: el de Valladolid, que metió al equipo en la final de 1979; el cabezazo al Nottingham, en la ida de la Supercopa de Europa; y, en especial, el que se sacó contra el Barcelona en la copa, de un punterazo raso desde el borde del área, que valió el 4-0 de la clasificación. Su mayor defecto era la tendencia a agachar la cabeza en carrera, como si anticipase su destino en la hierba; su virtud, el arrojo, simbolizado en unos remates en plancha que retraían la bota del defensa. Tras la crisis de 1983 causó baja de forma más bien silenciosa y regresó a Argentina, donde se retiró en Gimnasia y Esgrima de Mendoza en 1986.