Ficha de partido: 26.01.1958: Real Madrid 2 - 1 Valencia CF

Ficha de partido

Real Madrid
Real Madrid
2 - 1
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Antonio Fuertes
24'
DomínguezAlonso
35'
Descanso
45'
Marsal
65'
Di Stéfano
67'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Santiago Bernabéu
Aforo: 85.454 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 14/12/1947

Rival: Real Madrid

Records vs Real Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (13 goles)
Goleador rival: Raúl (17 goles)
Mayor victoria: 6 - 0 (09.06.1999)
Mayor derrota: 0 - 6 (25.12.1932)
Más repetido: 1-2 (26 veces)

Crónica

El Valencia tuvo ganado su encuentro con el Real Madrid durante cuarenta y cinco minutos, o sea, durante la mitad del partido. Empatado, durante veintiséis. Los veinticuatro minutos iniciales más los dos que mediaron entre los dos fulminantes goles, madridistas. ¿Por qué, pues, perdió, si el Madrid sólo estuvo victorioso durante dieciocho minutos, los finales? No sólo porque ríe mejor el que ríe el último. No por eso. El Valencia perdió, porque, precisamente en el momento en que entraba en su tiempo victorioso, dimitió de la victoria. Había jugado hasta entonces una defensiva elástica, compacta en su campo, sin apelotonamientos, y dispuesta siempre al contraataque aunque tuviera muy pocos hombres útiles para ello. Pero cuándo se encontró en posesión de un gol que no esperaba, un gol conseguido con el único disparo a puerta que hizo en la primera parte, se consideró tan feliz con su tesoro, que abandonó toda idea que no fuera defenderlo amorosamente. Replegó sus últimos hombres, inició el juego al "ralenti", que tanto desespera al público, sobre todo cuando no lo hace su equipo, y concedió al Madrid el mando sobre las tres cuartas partes del campo de juego. Gravísimo error. Otorgar la iniciativa a una delantera de virtuosos es conceder tantas oportunidades que ni la acumulación de defensas ni la suerte pueden evitar, a la postre, que todo se venga abajo.

Cuando al repliegue se unió la fatiga, cuando los levantinos comenzaron a sentir que el barro del campo era liga pegajosa que les impedía levantar las botas con la prontitud necesaria, estaban perdidos. El Madrid, que había respirado a fondo en dos plazos del encuentro, volvió a la carga con energías de refresco, con voluntad enteriza, y en esa media hora final en que los equipos tienen que echar mano de sus reservas físicas y morales, hundió al Valencia con dos goles que destruían las más alegres esperanzas de los excursionistas valencianos.

A veces la suerte, que respondiendo a su nombre femenino, suele complacerse en la osadía, ayuda a los más débiles y menos audaces. Así lo hizo el domingo durante largo rato. Los ataques madridistas fallaron tantísimas veces en el último instante, como cuando se estrelló un tiro de Zárraga en el larguero, cuando disparó mal Rial en jugada clarísima de gol o cuando ese tozudo del regate que es Marsal se obstinó en repetir aquel gol infausto, hecho a los bilbaínos, y perdió un gol superfabricado que hubiera marcado tirando después de su afortunado regate a Goyo.

En verdad que el Valencia mereció la protección del azar. Con Puchades encajado en la defensa, Sendra, como escalón ante la zaga, Walter retrasado y Seguí partiéndose el pecho para cubrir una doble misión de enlace y atacante, estaba jugando un sereno e inteligente partido a la contra, una de cuyas armas estaba embotada desde el principio. Walter, a quien Zárraga hacía un marcaje pegajoso y sucio, que dio origen al único incidente desagradable de una tarde muy deportiva. La otra arma levantina era Fuertes, y éste respondía con un juego ágil, inteligente y profundo, que no parecía demasiado peligroso por falta de ayudas. Machado, torpe. Ricardo, desacertado.

El Madrid alternaba los momentos de rapidez con otros de barroquismo, pase corto y horizontal y penetraciones por el centro, fracasadas casi siempre. Kopa se inhibía a su manera quedándose muy en la banda, se ensayar el desmarque, sin cambiar de posiciones, como un espectador dispuesto a intervenir, pero sin intervención verdadera. Santistéban, sin hombre a quien marcar, se incorporaba, en cambio, al ataque, pero éste, al afilarse, llegaba siempre en inferioridad numérica a los dominios de Goyo.

Al entrar en el segundo cuarto de hora de juego, el Mafirid se tomó su primer respiro. Bastó la pausa para que el Valencia ensayara más amplios contraataques e hiciera incursiones de cuatro hombres sobre la meta blanca. Lucía un buen despliegue el once levantino. Su defecto, sin embargo, era la terrible lentitud de sus delanteros, poco resueltos, premiosos en el dominio de la pelota, que les era fácilmente arrebatada por los zagueros blancos. Sin embargo, un contraataque más rápido que los otros e iniciado desde atrás por Sócrates, cogió descolocada a la defensa madridísta. Ricardo avanzó por la izquierda, amagó, el tiro y pasó hacia su derecha por donde iba, más sólo que la una, Fuertes. El extremo valencianista tiró fuerte, la pelota describió una curva en el aire y batió a Alonso que, con el rápido cambio de frente, se había desorientado. Con tal gol, la suerte había concedido todos sus favores al Valencia. Quizá porque el Valencia volvió las grupas, y se agrupó en sus bases de partida con la ilusión de sacar rendimiento a aquel tanto inesperado. Si hubiera mantenido su actitud anterior probablemente le habría sido mucho más difícil ai Madrid superar su desventaja.

En el segundo tiempo el Madrid volvió a la carga con nuevos afanes. El retranqueo del frente valenciano dejaba más hombres en libertad, y aunque Marquitos y Santamaría quedaron siempre vigilantes, Atienza, que había tenido algunos errores al principio, comenzó a empujar enérgicamente todo el dispositivo hacia la vanguardia. Menudearon los ataques, Zárraga se despreocupó un poco de Walter, porque éste renunciaba a contraatacar, y Goyo vio frente a sí una oleada blanca continuamente "ín crescendo" que sí se detenía en refitoleos por parte del tímido e incordiante Marsal y no tenía suerte por la del activo y constructor Rial, contaba ahora con la actividad de Kopa que, abandonando su banda hacía incursiones por otros terrenos sembrando el desconcierto en la hasta entonces segura actuación de Quincoces y Sendra.

Poco a poco el anubarrado cielo matritense comenzó a clarear. Era ya perceptible que la derrota se dibujaba para los valencianos y que no podrían éstos seguir favorecidos hasta el final por una suerte que comenzaba a abandonarles. Sin suerte no tenían nada que hacer. Con una gotita de mala suerte, su vino se agriaba por completo. Así ocurrió cuando Gento, abandonando por una vez su obstinado afán de regatear con exceso y de tirar por sí mismo, avanzó en galope recto y profundo y centró bien, a media altura. Marsal, que estaba a ese lado por ley del azar, metió la cabeza ágilmente y puso el balón lejos de Goyo. Un gol que nivelaba las acciones.

Dos minutos después, Atienza, cortando un pase junto a la banda, avanzaba por un enorme claro, se atraía a Walter y pasaba profundamente a Di Stéfano, rodeado de vigilantes. El ariete bajaba la pelota con un blocaje del pecho y disparaba agilísimamente con la izquierda, entre Quincoces y Sócrates, sin darles tiempo a obturar el camino hacia el gol, que era el de la victoria. Resuelto un encuentro que había estado sumamente difícil, el Madrid atacó con más calma, retuvo el balón, congeló acciones y se exhibió frente a un Valencia sin energías ya para contraatacar.