Ficha de partido: 12.09.1954: Real Madrid 1 - 2 Valencia CF

Ficha de partido

Real Madrid
Real Madrid
1 - 2
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Faas Wilkes
9'
Vicente Seguí
16'
Descanso
45'
Rial
80'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Chamartín
Aforo: 15.000 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 17/05/1924

Rival: Real Madrid

Records vs Real Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (13 goles)
Goleador rival: Raúl (17 goles)
Mayor victoria: 6 - 0 (09.06.1999)
Mayor derrota: 0 - 6 (25.12.1932)
Más repetido: 1-2 (26 veces)

Crónica

Muchos partidarios del Real Madrid salieron el domingo consternados del estadio. Su equipo favorito, el campeón de Liga, había sufrido una indiscutible derrota en la primera jornada del torneo. La circunstancia de que el vencedor hubiera sido precisamente el campeón de Copa no atenuaba en nada el desconsuelo. Porque, milagro de las tácticas defensivas, mientras el equipo victorioso había disparado tan sólo cinco veces contra la puerta de Alonso, los vencidos habían tirado 26 contra la que defendía Quique. Y esto, al suscitar las lamentaciones por esa mala suerte que acompaña siempre a los que pierden, acibaraba más el sabor de la derrota en los labios de los madridistas.

En rigor, sin embargo, lo justo es reconocer, que el mejor equipo sobre el césped, fue el Valencia. Duro y compacto en la defensa, ofreció siempre un área superpoblada a las invasiones del Madrid, y cuando pasó al ataque supo desplegarse, con rapidez, avanzar con simplicidad y aprovechar con soltura sus oportunidades. Si le faltó algo fue voluntad de hacer más amplia su victoria. Las incursiones realizadas en la segunda parte no tenían ya alas, porque el equipo se conformaba con aquellos dos goles que probablemente no esperaba llegar a tener, cuando saltaba al campo, a las cinco y media escasas, bajo un alto, claro y alegre cielo de verano.

El Madrid no está todavía a punto. En ningún momento durante este su primer partido fue capaz de realizar un despliegue armonioso, y siempre al estirarse se escindió en dos trozos, dejando vacío el centro del terreno y realizando difícilmente el enlace entre la vanguardia y la retaguardia. Fueron lentos e indecisos sus defensas, y premiosos, sin tiro, los delanteros. Porque si hemos dicho que tiraron veintiséis veces hacia el marco levantino, hemos de añadir ahora que ni una vez esos tiros fueron duros, peligrosos, espectaculares. Sólo hubo tres disparos en esas condiciones. Pero tales tiros se estrellaron contra los palos, quizá para que pudiera acuñarse la conocida medalla de la mala suerte.

Y lo peor, tal vez, es que el Real Madrid ha votado una vez más por la finura, por el malabarismo, al crear una delantera endeble, que puede fulgurar en ocasiones, pero que no prosperará contra la rudeza adversaria, sobre todo, mientras los arbitros, como el Sr. Mazagatos, sigan concediendo una, prima de tolerancia a los recursos, antideportivos como los que permitieron a un jugador, duro y pegajoso como Magriñán, anular por completo a un verdadero "as", como Di Stéfano. Ayer suspiraban miles de espectadores por Olsen, nosotros suspiramos por el día en que el Madrid tenga cinco delanteros del tipo de Olsen. Fuertes, resistentes, capaces de aceptar el choque y de imponerse físicamente a sus adversarios. Porque el fútbol es un deporte para atletas, y no un espectáculo habilidoso de titiriteros delgaditos.

El Valencia había estudiado muy bien su papeleta antes de venir a Chamartín. Sabía que el Real Madrid no tenía más que un hombre especialmente peligroso: Di Stéfano. No sólo como realizador, sino como estímulo y creador de las combinaciones a vanguardia. Por eso, le dedicó un hombre encargado de atar en rudo lazo al malabarista argentino. Y Magriñán supo realizar a fondo su cometido. Siguió ál ariete como una sombra. Una sombra que al jugar se materializaba y movía peligrosamente los pies, empujaba, abrazaba, obstruía, siempre que no tenía la inicial ventaja que le permitiera llevarse la pelota. Cuando no pudo arrebatársela a Di Stéfano no se la dejó jugar a gusto, y con esa anulación indiscutible, aunque se basara a ratos en malos procedimientos, acabó con la inspiración atacante del Real Madrid.

Lo demás era sencillo. Monzó, enérgico decisivo, correcto, tenía ya una misión fácil, que resultaba mucho más sencilla desde el momento en que, además de Quincoces, y Sócrates, le reducían el terreno Puchades y, alternativamente, Buqué y Seguí, practicando una obstrucción total de todos los caminos hacia Quique. En cambio, a este atar valencianista el Madrid opuso un desatar desatentado. Wilkes estuvo solo casi siempre y no podía olvidarse que este jugador, que suela hacer muy poco por apoderarse de la pelota, es peligrosísimo cuando ya la lleva cómodamente y dominada a sus pies. Ese error de no dedicar alguien que marcara al ariete levantino en tanto éste se acercara a posiciones amenazadoras, permitió el primer gol Valenciano y fue también la clave del segundo. Es decir, fundamento de la derrota. La hicieron más fácil la baja fbrma de Navarro, muy inseguro, y de Oliva, sólo con destellos, y la nulidad enlazadora de Zárraga, que hubo de ser reemplazado en la zona media por. Lesmes, que era, precisamente, el único hombre sólido de la defensa.

Jugó el Madrid un mal partido, sin encontrar nunca la solución al problema defensivo que le planteaba el Valencia. Buscó la penetración por el centro, donde, estaban Monzó y Puchades y donde había mayoría azul; renunció al juego raso y rápido por las alas y abusó del balón alto y del tiro bombeado, que es, precisamente, lo que Quique pide todos los días en sus oraciones para acreditarse cerno guardameta casi invulnerable. Lo consolador es que ni el partido ni la derrota tienen demasiada, importancia. Todo puede arreglarse en jornadas sucesivas, y se arreglará, a no dudarlo. Pero conviene que sirva de motivo de meditación para buscar una orientación general que ponga buen rumbo al navio para las difíciles singladuras ligueras.

El comienzo del partido no podía ser más ilusionador. Atacó el Madrid alegremente y se instaló en el campo valencianista ante un equipo prudentemente replegado. Un falso gol, marcado por Di Stéfano a la salida de un "córner", aumentaba las esperanzas del comienzo. Pero el primer toque de atención lo dio Seguí al apoderarse de una pelota rezagada y cederla con precisión y profundidad a Pasieguito, que después de avanzar solo y tranquilo y provocar la salida "in extremis" de Alonso, tiró fuera, cuando ya tenía todo hecho y la puerta entera se le ofrecía en la más completa indefensión.

Tres minutos después, y sólo iban nueve de juego, Wilkes recibió el balón cuando se hallaba solo. Avanzó, desbordó a Oliva, que le había entrado tarde y flojamente, se fue hacia la puerta, regateó a Alonso, que salía junto a su palo derecho, volvió atrás y tiró templado a la puerta cuya soledad había provocado. Un gol individual, de grande y seguro jugador, que debiera haber sido la consigna pasa. Que alguien se pegara al holandés y le impidiera apoderarse de la pelota. Pero tal consigna no se dio, o no sé cumplió. Que eso no lo sabemos ni hemos tratado de averiguarlo.

Los minutos siguientes fueron de desconcierto madridista. La delantera valenciana, suelta, precisa, profunda, avanzaba con facilidad y sensación de peligro por entre el trío defensivo madrileño, desconcertado y asustadizo. Así. después de dos o tres avances inconcebibles, Seguí, que recibió una pelota fuera del área, se anticipó a Oliva y tiró fuerte, con la derecha, muy colocado, haciendo el mejor gol de la tarde. Dieciséis minutos, dos goles en contra y una sólida defensiva adversaria habían destruido las fáciles ilusiones del comienzo.

El Valencia se replegó desde entonces. Magriñán se cosió a la camiseta de Di Stófano, y el partido se fué endureciendo, ante la pasividad del Sr. Mazagatos, que pitó mucho, casi siempre bien, pero nunca lo que de verdad importaba. Cuando Di Stéfano llevó al fondo de la red un balón que Duran había arrebatado a Quique, el Sr. Mazagatos anuló el gol, y desde este momento, con más nervios, con frecuentes ademanes descompuestos, con algunas agresiones inadmisibles, prosiguió el encuentro, con ineficaz cominio del Madrid.

Si en la segunda parte alguno de los formidables tiros de Lesmes, Matees y Di Stéfano hubiera sido gol, la historia podría haber cambiado de desenlace. Pero los palos anularon los mejores disparos de la tarde, y.el equipo blanco hubo de conformarse con el tardío tanto logrado por Rial, de cabeza, cuando sólo quedaban nueve minutos de partido.

Jugó el Valencia tan compacto, que muy pocos de sus hombres destacaron del conjunto. Wilkes, habilísimo en la primera parte; Monzó, seguro y eficaz; los dos interiores, laboriosos e incansables, y, Magriñán, pese a sus procedimientos recusables. El Madrid estuvo bajo en conjunto y flojo en las individualidades. Salvemos a Lemes, el mejor del trío defensivo; a Muñoz, laborioso, y a Duran, que hizo mucho juego. Rial estuvo bullidor y remató mucho. Pero sus remates carecieron de contundencia y de intención y, sobre todo, fue lo más parecido que hemoá visto a aquella invención llamada "interior en punta". Di Stéfano quizá está un poco sobrado de peso. Para despegarse de Magriñán hubiera necesitado aquél su continuo cambiar de posición, irse a la retaguardia y avanzar zigzagueando. Es decir, sus recuerso de fenómenos. El domingo no pudo echar mano de ellos. Mazagatos no nos gustó, sin que tampoco nos merezca un juicio especialmente severo. Los fundamentos ds esta opinión van más arriba.