Ficha de partido: 08.02.1953: Real Madrid 3 - 0 Valencia CF

Ficha de partido

Real Madrid
Real Madrid
3 - 0
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Molowny
35'
Descanso
45'
Joseíto
55'
Sobrado
69'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Chamartín
Aforo: 15.000 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 17/05/1924

Rival: Real Madrid

Records vs Real Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (13 goles)
Goleador rival: Raúl (17 goles)
Mayor victoria: 6 - 0 (09.06.1999)
Mayor derrota: 0 - 6 (25.12.1932)
Más repetido: 1-2 (26 veces)

Crónica

Ya está el Real Madrid a sólo dos puntos de distancia del Español, de nuevo capitán del torneo. El partido contra el Valencia, que visto a través del prisma teórico se anunciaba difícil, se convirtió, al realizarse sobre el césped, en una victoria clara, hasta fácil, de los colores blancos. La razón es muy sencilla. En la teoría se especulaba con la situación de los trece partidos sin derrota jugados por los levantinos con su fama de conjunto enérgico, bronco, destructor de juego, incómodo, en suma, para un cuadro como el madrileño, creador de juego, fino y frecuentemente blando. No se había contado con el factor que había de decidir el partido: la velocidad. El Real Madrid tuvo esa admirable velocidad del balón que corre, busca los sitios vacíos y en ellos se reune con el hábil jugador que se anticipa a la jugada. El Valencia jamás usó esta forma de celeridad, y sus hombres se mostraron lentos en la concepción de la jugada, en el desplazamiento personal y en la carrera tras el balón. Por eso, con eso sólo bastaba, tenían que perder el domingo en Chamartín.

Ahora la Liga entra en su fase más interesante y competida. El Español, el Valencia y el Real Madrid, sin poder eliminar todavía al Barcelona y al Sevilla, lucharán ardientemente por el triunfo. Cualquiera de ellos, sobre todo los tres primeros, puede alzarse con el trofeo. Digamos, sin embargo, por lo que ello tenga de sanción moral, que el Valencia, esta vez, no sería digno de ostentarlo. Ayer, cuando se vio con tres goles en contra y en inferioridad de juego, apeló a las brusquedades, a la fea agresión con ventaja, como aquella alevosa patada de Monzó a Sobrado, luego de haberle derribado, y mostró un malhumor que es siempre incongruente con la serenidad y la nobleza de las lides deportivas. Un campeón no sólo debe saber jugar más y apoderarse de la victoria. Debe también gaber perder. Y nunca es más grande un verdadero "as" que cuando acepta la derrota justa con una sonrisa sin agravio.

El fútbol del Real Madrid en las últimas semanas ha pasado del campo de la técnica futbolística, al terreno de la cinemática. Sus fórmulas son ya las mismas. Fórmulas de la velocidad, de la aceleración, del movimiento uniformemente acelerado. Un impulso constante, misterioso, que dimana de la voluntad de vencer, que impregna el espíritu del equipo, empuja a sus hombres, anima el balón y produce momentos de velocidad vertiginosa en que el espectador se encoge en su asiento y casi, casi, se tapa los oídos temerosos de oír estallar al conjunto blanco como sonido que estallan esos aviones da prueba que atraviesan el muro del sonido.

Cuando el Real Madrid imprime esa velocidad endiablada, a sus jugadas, los contrarios dan la impresión de haberse convertido en postes; no pueden alcanzar nunca la pelota y ésta va y viene, adelante, atrás, a un lado, colándose por los resquicios adversarios, hasta el gol o hasta que un fallo, motivado por su propia habilidad, deshace momentáneamente el rapidísimo hechizo. Tal, exactamente, ocurrió ayer, cuando pasados los doce primeros minutos de juego durante los cuales el Valencia buscó el camino de su triunfo, el Real Madrid, como un motor bien calentado, inició sus revoluciones aceleradas.

Olsen, Joseíto, Muñoz y Zárraga habían conseguido el dominio de la zona central del campo, recluyendo frente a ellos a los medios y defensas valencianos. Los delanteros rojos quedaban desconectados de su zona defensiva, y por eso sus incursiones iban a menos y llegaban inofensivas ante la seca efectividad de Navarro y la asombrosa forma de Oliva, discretamente secundados por Alonso. El partido empezaba a mostrar la que había de ser su fisonomía definitiva: dominio del Madrid y avances sin ligazón ni real peligro del Valencia.

El primer botón de muestra que ofrecen los blancos es una viril y velocísima incursión de Joseíto, que, desde fuera del área, larga un disparo casi raso, muy fuerte, que obliga a Quique a hacer su única gran parada de la tarde. Minutos después, Molowny, que ha empezado más animoso que de costumbre, cae lesionado en el muslo derecho y sale a la banda para ser asistido. Por el graderío corre una oleada de temor y, efectivamente, el Valencia trata de forzar la situación tan sólo para dar ocasión a Cosme de mostrar su seguridad bajo los palos. Molowny reaparece, mermadas sus siempre limitadas facultades físicas, pero, con una decisión desacostumbrada, y la delantera blanca vuelve a penetrar peligrosamente en el dispositivo de defensa levantino. A los treinta y cuatro minutos de juego, la presión madridista da su resultado. Muñoz, que lo corta todo, aunque no suele distinguirse esta tarde por su precisión en el servicio, entrega, un balón raso a Olsen. El interior avanza por el ala derecha, dribla a Sandra y, junto a Díaz, centra la pelota suave a media altura para que Molowny, que ha llegado solo al sitio preciso, ía empalme con absoluta tranquilidad y bata a Quique, mientras resuena la primera gran ovación de la tarde.

El gol es la consigna de anulación del Valencia. Muñoz proyecta repetidamente el balón hacia adelante, cuando no lo hacen Olsen y Sobrado, que están dando una lección de lo que debe ser el juego del interior, sin esas absurdas limitaciones del interior defensivo o el interior en punta, que rompen en su disparate la concepción de ese dispositivo pernicioso para el fútbol llamado la WM. Así llegan constantes peligros al sector defendido por Quique que detiene apuradamente dos tiros de Sobrado y otro de Cabrera, y así andan de cabeza Mir y Monzó, que se revuelven con coraje contra la inaprensible filigrana blanca, que los desborda. Sólo cuando faltan diez minutos para terminar la primera parte, el Madrid se reposa, fatigado por la velocidad derrochada y el Valencia a empujones de Puchades que aprovechan medianamente Fuertes y Badenes, llega al área, donde Navarro y Oliva desbaratan con seguridad las intentonas enemigas.

En la segunda parte, el Valencia, como líder, como equipo sobresaliente capaz de ganar el encuentro, no existe. El Madrid, en una táctica de flujo y reflujo que abre las líneas valencianistas y las desarticula, llega fácilmente, a la zona peligrosa. Una jugada de toda la delantera produce el hueco necesario, y por él se cuela Olsen en dos trancos, pero al recibir la pelota en la posición precisa para batir al guardameta visitante resbala y echa el balón fuera. Las ocasiones del Valencia se producen poco después. Fuertes tira fuerte y raso sobre la puerta local, pero Cosme detiene bien el peligroso tiro, y minutos más tarde, Muñoz, en el área, corta con las manos un incursión roja, sin que Gardeazábal quiera enterarse de una falta que tendría que sancionar con "penalty", pues, a nuestro modesto parecer, fue plenamente intencionada.

A partir de este momento, el equipo visitante va a menos sin cesar. Molowny maneja la batuta, quizá con un exceso de divismo personal, pero a su inspiración, los trenzados y destrenzados de un juego barroco, aunque extremadamente rápido, destrozan las líneas valencianas. Sobrado, que a su acreditada habilidad une ésta tarde una decisión de jugador ansioso de consolidar su puesto, escapa al marcaje de Mir, se interna, pasa horizontal y raso hacia el centro, por donde avanzan, desmarcados, Molowny y Joseíto. El segundo, favorecido por la finta, de su compañero, toma el balón según viene y larga, un disparo de los suyos, pot alto, que Quique, impasible, ve entrar en su casilla.

Ya no está el Valencia en el campo si no es en calidad de espectador, que a veces se enfurece y con un brío lleno de lentitud hilvana algún avance, al que falta siempre el remate del buen tiro, que hace temblar al marcador. Eso es lo que sucede con las pocas incursiones mal rematadas por Badenes, que no da señales dignas de su fama de gran realizador, y con algunos tiros de Fuertes. En cambio, los delanteros madridistas, firmemente apoyados en sus líneas de retaguardia, juegan a su placer, especialmente por el ala izquierda, en la que se recarga el pase. Así yega el momento en que Sobrado recibe un balón en medio del campo valencianista, se va hacia el centro y, anunciando claramente su intención, lanza un potentísimo disparo por alto, que llega como un cohete a la red, sin que Quique haga nada por detenerlo. Es el tercer gol del conjunto blanco, que resuelve inapelablemente el partido.

La exhibición madridista recuerda, a partir de este momento, el caracoleo de los potros sevillanos. Molowny, exigente, ocupa todos los terrenos, reclama el balón, lo sirve, hace que se lo devuelvan hacia atrás, finta y pasa de nuevo, y como Olsen, el mejor hombre de la delantera, no permite ninguna infiltración y empuja mucho, Sobrado está francamente bien, Cabrera se ha crecido y Joseíto sigue siempre en su papel de rudo interior combativo, el Madrid tira a gol, fuerza "corners" y domina plenamente al Valencia, que en el último cuarto de hora, malhumorado, saca a relucir su antiguo aspecto de equipo bronco y violento, más irritado que deseoso de cambiar, con buen juego, su suerte adversa. Así, sin pugna, con filigrana madridista y zarpazos levantinos, termina el partido tan temido hora y media antes por la afición partidaria del Real Madrid.