Ficha de partido: 21.05.1961: Atlético de Madrid 2 - 0 Valencia CF

Estadio



Nombre: Metropolitano
Aforo: 25.000 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 13/05/1923 (Demolido en 1966)

Rival: At. Madrid

Records vs At. Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (16 goles)
Goleador rival: Luis Aragonés (12 goles)
Mayor victoria: 9 - 1 (13.09.1936)
Mayor derrota: 0 - 5 (10.11.1985)
Más repetido: 1-1 (20 veces)

Crónica

Decir que el partido del Metropolitano entre el Atlético madrileño y el Valencia estuvo al rojo sería adular a los termómetros. No. Hacía calor, pero no fue para tanto. Lo que sí tuvo el partido fue calidad copera: dureza, nervios, emociones. Lo que tuvo también fue un furioso ataque rojiblanco en busca de goles, de ventajas decisivas, que no consiguió por completo su objetivo. Lo que tuvo también fue dos goles anulados, que dan picante al juego, y un penalty fallado por Collar, ese pequeño gran extremo que falla los penalties y las da todas en no dar ninguna y en taparse, cuando quiere; tras el defensa, que en esta ocasión lo era Piquer, tajante y contusivo.

Si Collar hubiera convertido el penalty en gol, cosa obligatoria en un jugador profesional de su categoría, el Atlético iría a Valencia completamente tranquilo. Al haberlo marrado, la distancia de dos goles es insuficiente para dormir a gusto durante el viaje. Aunque, a nuestro juicio, puede ser bastante para entrar en los cuartos de final de la Copa. No es fácil que el Atlético repita, una actuación en la que, atacando mucho y mandando a veces, sus hombres estuvieron, salvo excepciones que luego se verán, muy por debajo de su típico rendimiento.

El Valencia acertó para plantear el partido en lo que era importante: anular a Ramiro, jugador que, como llevamos diciendo toda la temporada, se ha convertido en el armador y lanzador del juego rojiblanco. Con Maño, el veterano extremo, convertido en su sombra, Ramiro encontró insuperables dificultades para crear juego. Ya es sabido que el arranque del buen medio madrileño es parsimonioso. Ramiro necesita disponer de unos metros para controlar la pelota, situarse y proyectar su jugada. Esos metros se los quitó Maño, y al anular así al hombre fundamental, dejó al Atlético en la obligación de improvisar su juego con aquella falta de patrón que en otras temporadas le hacía practicar un fútbol de saltamontes.

Además de este primer acierto de planteo, el Valencia estuvo atinado en colocar al incisivo interior Héctor Núñez en punta. Su juego adelantado, sobre terrenos amplios, enloqueció al habitualmente seguro y contundente terceto zaguero rojiblanco. Núñez era un poco fantasmal, apareciendo en donde menos se le esperaba y ganando la acción a sus contrarios. Si el gol, anulado por dudoso fuera de juego, que marcó apenas conmenzado el partido llega a ser válido, hubiéramos visto brotar arroyos de sudor en los graderíos. Lo que le falló al Valencia para redondear su bien concebido dispositivo fue la colaboración de Walter. El moreno, lento, apático, rezagado, ni hizo su habitual juego de acarreo de balones ni apoyó a Núñez en su tarea. Esa ineficacia, unida a la flojera de Escudero, privó al once levantino de toda posibilidad de batir a Medinabeytia y dejó el partido reducido a un problema: el de saber si el Atlético marcaría o no marcaría los goles que necesitaba.

La delantera rojiblanca no encontraba caminos para entrar en el área valenciana, porque los defensas blancos, bien protegidos por sus medios y por la posición retrasada de Walter, que aun sin jugar estorbaba, cortaban fácil y duramente todas las incursiones. No había ligereza en permutaciones de puestos de los atacantes, y, como ya hemos dicho, Collar prefería hacer notar los malos tratos que recibía alguna vez que otra de Piquer, que intentar jugar por su zona o por alguna otra. Peiró andaba muy flojo de remate, y Jones, bien contenido, no encontraba nunca ni sitio propicio ni ocasión oportuna para atacar eficazmente a Pesudo. Por fortuna para el Atlético, el gol llegó por ese sistema eficaz en casos como el del domingo, que consiste en tirar duro y desde lejos para sorprender a un guardameta que por estar muy protegido, suele ver tarde la trayectoria de la pelota. Griffa, cuando faltaban dos minutos para terminar un primer tiempo infructuoso y desesperante, recogió, adelantado, una pelota suelta. Avanzó sin que nadie le saliera al paso, y sin llegar al área soltó un disparo potente y cruzado que dio en un palo y se fue a la red sin que Pesudo hiciera nada. Algún ensayo posterior en el mismo sentido, hecho por Calleja, fracasaría por falta de tino, y veríamos un segundo tiempo de acoso rojiblanco, de buen resto valencianista, con emociones culminantes en el gol, precedido de mano, marcado por Jones y anulado justamente, en otro salvado por Egea, cuando Pesudo ya mordía la hierba y en algunos avances desesperados de Peiró cuando Ramiro cojeaba ostensiblemente, justificando así su falta de fuerza.

Pero la emoción gorda, el buche de agua helada que sienta mal al cuerpo, fue el que proporcionó Collar a un público que, sabiamente previsor, había pedido que fuera otro el ejecutante del penalty. Derribado ante la puerta Jones, que se había transformado en un león y jugaba muy bien en la segunda parte, el Sr. Lacambra pitó penalty. Se preparó Collar, bailó un poquito Pesudo, y allá fue un disparo flojo, sin colocación, manso como un cordero, a las manos del guardameta. Como quedaban veinticuatro minutos de juego y el marcador seguía con el 1-0 obtenido por Griffa, la cosa empezaba a ponerse muy fea. Dio presión a todas sus calderas el Atlético y, cambiados algunos puestos Rivilla en la media, Rodríguez en la zaga y Ramiro de extremo, produjo un agobio constante en el área levantina. Balones centrados o pasados merodeaban la puerta enloqueciendo a Pesudo, que en esta jornada destruía mucho de su bien sanado prestigio anterior. Fallaba el portero, pero no atinaban los delanteros, y el 3-0 seguía creciendo, creciendo, como el famoso cadáver de "Amadeo" en la comedia de Ionesco, hasta hacerse insoportable. Se intensificaban los malos modos, que tipificarían la total jornada copera, sin que el Sr. Lacambra acertara a reprimir
esos desmanes, y el balón, mal dirigido, dibujaba el marco valenciano una y otra vez. Por fin, en el minuto 29, Pesudo, saltando mal, dejó pasar una pelota centrada muy sobre el marco por Collar, el balón rebotó en Jones, que entraba al remate, y se coló en las mallas. Así salió, un poco por azar, un poco por merecido premio si entusiasmo del centro delantero atlético, el segundo gol, que da ciertas garantías al once rojiblanco en su inminente excursión a Mestalla.

No hay más que añadir. Se salvaron por calidad (entusiasmo siempre hubo en el Atlético), Griffa y Jones. Brillaron los trrs defensas y los dos medios levantinos. Mal, muy mal, la delantera blanca. El Sr. Lacambra, acertado en lo principal, marró mucho en lo secundario.