Ficha de partido: 27.01.1957: Atlético de Madrid 1 - 0 Valencia CF

Estadio



Nombre: Metropolitano
Aforo: 25.000 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 13/05/1923 (Demolido en 1966)

Rival: At. Madrid

Records vs At. Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (16 goles)
Goleador rival: Gárate (12 goles)
Mayor victoria: 9 - 1 (13.09.1936)
Mayor derrota: 0 - 5 (10.11.1985)
Más repetido: 1-1 (20 veces)

Crónica

Tras setenta minutos de dominio territorial, diez de juego neutralizado y otros diez minutos que totalizan las incursiones levantinas, el Atlético madrileño venció el domingo al Valencia por el raquítico tanteo de un gol a cero. Si puntualizamos, ya que el tanto fue obtenido por el defensa central, Rusiñol, en la ejecución de un golpe franco, nos ahorraremos muchas palabras para expresar hasta qué punto pudo haber concluido el encuentro con un empate.

¿Causas de esta aparente paradoja? La fundamental no está en la mala puntería atlética ni en la baja proporción de disparos a puerta que surgieron de su dominio. La causa profunda de la ineficacia de la presión territorial ejercida por el bando rojiblanco está, a nuestro modo de ver, en el vicio que de algún tiempo a esta parte disminuye la calidad del juego atlético. Esté vicio no es otro que el gravísimo de posponer la actuación de conjunto a un individualismo desenfrenado. Jugaron el domingo los chicos de Barrios un fútbol de tercera clase, casi un fútbol de colegio, realizado con los medios técnicos de jugadores profesionales, algunos de ellos realmente sobresalientes.

Exceso de regate, retención abusiva de la pelota, falta de coordinación general y total abstención de apoyar al compañero, son las características de ese fútbol, semejante en todo, salvo en la preparación física del hombre, al que jugábamos todos los que hoy somos señores mayorcetes en nuestra época del bachillerato. Así se inutilizaban las inteligentes previsiones estratégicas de Barrios, el preparador que ha sacado de la nada a un equipo que está entre los
cinco primeros de la División, y de nada valía que Miguel anduviera por esos nuevos terrenos en que llega a convertirse en el poderoso motor de su delantera, gracias a una súbitamente recobrada forma física, tras el bache de hace algunas semanas. Cuando un jugador rojiblanco (Peiró, Rafa, Callejo, Hernández) se apoderaba de la pelota y avanzaba con ella sorteando contrarios, ni unísolo de sus compañeros se le acercaba para apoyarle en la jugada. Por eso, a los pocos metros de avance, el solitario se veía rodeado por tres o cuatro valencianos, que acababan por arrebatarle la pelota o hacérsela ceder en pésimas condiciones. Los atléticos daban la impresión de haber olvidado que el fútbol es un deporte que se practica no sólo cuando se posee la pelota, sino en todo momento. Cuando un jugador corre y sus diez compañeros le miran parados, no puede hacer nada útil aunque sea un mago del balón. Por eso el Atlético fue el domingo no un equipo, sino once números heterogéneos. Y desde que asistimos a la escuela sabemos todos que con once números heterogéneos no hay manera de hacer una suma.

Por fortuna Miró había planeado su partido al contraataque y se encontró tan a gusto durante los noventa minutos que ni quiso hacer un pequeño ensayo de cambio de táctica a la vista de los acontecimientos. Jugó el Valencia una defensiva moderada, con los hombres bien emplazados, sin más que un ligero acercamiento de las líneas, lo que no impedía a la delantera formar completa cada vez que uno de los adelantados trotaba, sin excesivo apresuramiento, hacia la puerta de Pazos.

Si Areta, no hubiera mostrado un convencido propósito de no arriesgar un alamar, hubiera pasado muy malos ratos la zaga rojiblanca, porque Mañó creaba machisimo juego en los contraataques y Seguí, a pesar de estar sobrado de kilos, colaboraba bien al ataque desde posiciones de segunda línea avanzada. Tiraron mucho los ches, pero lo bastante para denunciar una vez más la terrible inseguridad de Pazos en el blocaje. Por fortuna para el guardameta, siempre que se le escapó la pelota, estaban lejos los delanteros blancos.

Brilló más la defensa, tranquila, contundente, protegida muy bien por la labor constante, batalladora y eficaz de Sendra y Pasieguito, que no se encontraron nunca ante combinaciones adversarias, lo que facilitaba su trabajo, problema siempre de contención individual. Por todo eso, el primer tiempo concluyó con un empate a cero, que representaba el equilibrio conseguido.

En la segunda parte el Atlético dominó más, porque la defensa valenciana, jugando toscamente, jamás se cuidó de cortar un avance contrario y engendrar el propio. Con su técnica del despeje semilargo en bolea, no hacían más que romper una incursión y dar la pelota a los adelantados defensores rojiblancos para que éstos la metieran de nuevo en el área blanca. Una falta contra Rafa se convirtió en un tiro libre indirecto al borde del área, muy bien señalado por el señor Ortiz de Mendívil. Miguel puso en juego la pelota y Rusiñol, colocado a su lado, la golpeó con excelente toque del pie derecho, proyectándola a media altura, fuera del alcance de la barrera valenciana, junto al palo a la izquierda de Gregorio. Así se logró el que iba a ser el gol de la victoria.

Porque el árbitro iba a anular dos más, precedidos de faltas claras al Atlético, y uno final, irreprochable, de Areta, que había rematado limpiamente un centro hacia atrás de Mañó en las postrimerías del encuentro. Sin este fallo arbitral, a nuestro juicio equivocado, el Valencia se hubiera llevado, merecidamente, un punto del Metropolitano.