Ficha de partido: 05.12.1954: RCD Espanyol 1 - 1 Valencia CF

Ficha de partido

RCD Espanyol
RCD Espanyol
1 - 1
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Descanso
45'
Marcet
61'
Manuel Badenes
62'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Sarriá
Aforo: 44.000 espectadores
Ubicación: Barcelona / España 
Inauguración: 18/02/1923 (Demolido en 1997)

Rival: RCD Espanyol

Records vs RCD Espanyol

Máximo goleador: Mundo Suárez (20 goles)
Goleador rival: Prat (9 goles)
Mayor victoria: 4 - 0 (19.10.2003)
Mayor derrota: 0 - 7 (10.06.1928)
Más repetido: 2-1 (24 veces)

Crónica

A los jugadores del Español no les faltó más que ganar, en lugar de tener que conformarse con un empate, para que su partido contra el Valencia hubiese satisfecho por completo a sus partidarios. Y aunque para conseguirlo no les faltase más que un gol, lograr un gol frente a un contrincante decidido a defenderse parece ser en estos tiempos un objetivo lejos del alcance de muchos equipos y, entre ellos, el Español.

En el motivo o los motivos por los cuales el Español no ccnsiguió en esta ocasión deshacer el empate, estriba la discrepancia entre quienes no podemos seriamente utilizar causas tan inconsistentes como la buena y la mala suerte para enjuiciar los resultados del fútbol y quienes pueden permitirse el lujo o tienen que utilizar ese recurso para decidir el pleito de un partido aplicando como vara para medir los merecimientos de los equipos el cómodo recurso de la mala o la buena suerte. En todo caso, la mala suerte es la de quienes no saben o no pueden emplear otras razones.

No tengo la menor duda de que a muchos ilusionados españolistas el hecho de prescindir del manido y consolador recurso de achacar a la mala suerte la justicia o injusticia del empate con el Valencia les producirá el efecto de una ducha fría. Pueden considerar, sin embargo, que la ducha no se la propinan, sino las circunstancias del juego. Es costumbre considerar mala suerte de un equipo que su juego no le baste para superar a su contrincante, y si a lo largo del encuentro la pelota tropieza con un palo de la puerta o un defensa salva lo que parecía gol inevitable, el buen partidario cree ver materializados en esas incidencias los signos distintivos de la mala estrella que acompaña a su equipo. Y en cambio cuando sus propios jugadores, por errores que sólo a ellos mismos pueden ser imputados, malogran las oportunidades que el juego les brinda, no acostumbran a tomar en cuenta esas ocasiones fallidas para hacer con todo ello, con lo favorable y lo desfavorable, un balance verdadero del partido y a su luz considerar los méritos del resultado final.

Dejándonos de sucesos incidentales, propios del fútbol, eso es lo que le sucedió al Español frente al valencia en este encuentro. Nadie negará, porque seria negar la evidencia, que los jugadores del Español realizaron un esfuerzo extraordínario que obligó a los valencianos a defenderse con decisión desde el primer instante y en el que no cejaron a lo largo de todo el partido. Y que esto no es una simple frase o prueba que el silbato final del partido impidió al Español lanzar su córner número veintidós, mientras sólo tres había lanzado el Valencia contra la puerta españolista.

Pero al mismo tiempo. esta especie de plusmarca de saques de esquina, ninguno de los cuáles creó el menor peligro para el Valencia, y aun teniendo en cuenta la escasa valoración que hoy se concede a la jugada que años atrás era considerada como medio gol, constituye indicio de lo que fue en realidad el dominio del Español. El insistente dominio del Español no fue otra cosa, resumiéndolo en cuatro palabras, que nada entre dos platos. Ya he dicho que el Español realizó un esfuerzo que, si en fútbol tuviera algún valor definitivo por sí solo, podría añadirse lo de que fue merecedor de mejor suerte. Pero en fútbol el esfuerzo puede bastar o no. Y al Español, frente al Valencia, no le bastó. Porque el Valencia no sólo replegó a tantos de sus hombreo como le hizo falta en cada momento y, cuando los necesitó, relegó a todos, sino que, además, procuró mantenerlos siempre entre su puerta y los delanteros del Español. Quiero decir exactamente que el Español dominó, presionó, empujó, pero siempre tuvo delante demasiados adversarios para que pudiera realizar con libertad el último movimiento de sus jugadas. El Español no consiguió, asi, ni una sola vez lo que, en las pocas ocasiones que lo intentó, consiguió siempre Maño, es decir, desbordar la defensa contraria.

La consecuencia de todo esto fue la esterilidad de los intentos y remates del Español contra una puerta siempre cubierta. ¿Puede llamarse mala suerte que el adversario esté siempre prevenido y que disponga, además, de un portero suplente que un primor? ¿Puede llamarse mala muerte que en una de las poco numerosas, pero siempre incisivas incursiones del Valencia, un fallo de la defensa del Español le costase el gol del empate a los treinta segundos del que trabajosamente había marcado Marcet? ¿Puede llamarse mala suerte que el Valencia, que siempre había atendido más a defenderse que a atacar, desde el empate procurase cubrir su puerta, prefiriendo ser dominado que vencido? ¿Puede llamarse mala suerte que en veintiocho minutos de juego, después de los dos goles, el Español no consiguiese forzar la defensiva reforzada del Valencia, cuando no lo había logrado sino una vez en el resto del tiempo cuando el Valencia no había extremado todavía las medidas defensivas? Porque si el fútbol ha de ser un amasijo de malas suertes para justificar los percances, no hace falta calentarse la cabeza discutiendo las opiniones de Kubala sobre la critica deportiva.

Para que el Español consiguiera imponerse al Valencia en Sarria le hubiera hecho falta orden, calidad y precisión en el luego de ataque, ligazón entre sus hombres y entre sus lineas, y bajar la pelota al suelo porque por alto toda la ventaja era para el Valencia. Pero con todos estos fallos y defectos acumulados, el entusiasmo con que el Español condujo y sostuvo su ofensiva me produjo el efecto de un ramillete de fuegos artificiales. Un espectáculo estruendoso, llamativo y hasta emocionante por la indecisión del resultado. Pero del que, tras el fragoroso estallido y el chisporroteo de luces y llamaradas deslumbrantes, no quedó, como en el disparo de los cohetes, más que una impresión de ruido y color.

Los jugadores del Español corriendo y peleando sin cesar sitiaron en muchas ocasiones a sus contrincantes dentro de su área defensiva, pero nunca tuvieron el acierto técnico de jugar la pelota con la habilidad suficiente para batir a la defensa valenciana, antes de batir a su portero Timor, cuya excelente actuación fue la puntilla para los intentos del Español. Y como el arbitro Marrón, aparte de propinar un insoportable concierto de pito, pecando por exceso donde otros pecan por defecto, y de equivocarse muchas veces pero de manera intrascendente, no dio motivos para cargarle el mochuelo del empate, ha habido que airear la mala suerte. Cuando la mala suerte del Español, su personal e intransferible mala suerte es que carece de línea delantera.