Ficha de partido: 05.02.1956: RCD Espanyol 0 - 1 Valencia CF

Ficha de partido

RCD Espanyol
RCD Espanyol
0 - 1
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Descanso
45'
Daniel Mañó
75'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Sarriá
Aforo: 44.000 espectadores
Ubicación: Barcelona / España 
Inauguración: 18/02/1923 (Demolido en 1997)

Rival: RCD Espanyol

Records vs RCD Espanyol

Máximo goleador: Mundo Suárez (20 goles)
Goleador rival: Prat (9 goles)
Mayor victoria: 4 - 0 (19.10.2003)
Mayor derrota: 0 - 7 (10.06.1928)
Más repetido: 2-1 (24 veces)

Crónica

Nadie pudo suponer, al iniciarse el partido de ayer en Sarriá, que iba a terminar de manera tan irregular en su forma y en su solución. No ha perdido el Español en su campo más que con el Barcelona, y empató con la Leonesa, pero según se había iniciado el encuentro, jugando con desenvoltura y rapidez y hasta diré que superando al Valencia en dominio de campo ordenado y sin embotellamientos, se había adquirido la impresión de que íbamos a ver partidp grande y de que el Español ganaría merecidamente.

Ambas alineaciones eran interesantes. La del Valencia, con hombres hechos y de talla atlética. Con una defensa que ha conseguido conjuntar a base de juventud y una media batalladora y firme; con dos interiores de empuje y un delantero centro que es un tratado de fútbol científico y dos extremos de distinta hechura. Uno de juego medido y de servicio en centros largos; y el otro, al tipo ratonil, de filtración por piernas y velocidad.

El Español, como ya le conocemos. Con la novedad de darle a Ruiz la oportunidad de revelarse un posible ariete, con juventud y soltura de movimientos en el área, si acertaban a llevarse bien Osvaldo y Moreno. Repito que empezó el partido bien y que vimos hasta la posibilidad de que el tanteador se pusiera en movimiento con facilidad. Arcas marchaba lanzado por su orilla, aunque se le quedase Osvaldo un poco atrás, frenado por Puchades, y por el otro extremo. Mauri se las entendía bien con el lateral Mestre, a pesar de su corte duro y seco, burlándole e internándose cuando el defensa salía rebotado.

Y así hizo su aparición una ráfaga de juego duro. Precisamente se inició por la orilla de Mauri. La defensa recia y joven del Valencia cortaba seco porque el Español se manifestaba rápido y amenazador, y ese instante de violencias que dieron lugar a algunas intervenciones del botiquín y más tarde a una lesión de Argilés que fué, mesperadamente, clave del partido. El árbitro, que en esta ocasión era el señor Zariquiegui, fué tolerando todo, como si nada ocurriese; con una impermeabilidad absoluta, sin una amonestación, sin señalar faltas clarísimas que se produjeron a sus ojos, terminando por desaparecer la violencia por si sola, cuando los propios jugadores dejaron de recurrir a ella.

Un momento en que físicamente apareció la superioridad valenciana, más que por juego, y en el que también hubo respuesta por parte de los jugadores locales, que pudieron haber olvidado que se había salido al campo a jugar y no a otra cosa. Un momento que, afortunadamente, no se prolongó demasiado, más por la repulsa del público que por autoridad del árbitro, que se ha hecho incluso el ausente, cuando se produjeron faltas claras de penalty en ambas áreas, merecedoras de sanción. Y así, pese a ese juego correcto, vimos llegar repetidamente al Español con soltura a la zona defensiva valenciana, disparando Arcas en una ocasión un zurdazo a la media vuelta de espaldas a la portería que Timor tuvo que parar rectificando felinamente su postura. Y algunos tiros potentes, a distancia de Gámiz y Osvaldo, que sin ser precisamente de gol dieron impresión de asedio en la meta levantina.

Técnicamente el partido tuvo su punto neurálgico. Tuvo su secreto. Adolece el Español de alinear con frecuencia en su tripleta centro, a tres hombres blandos. Su línea atacante, viene curvándose de modo, que si por las orillas llega lejos, por el centro forma una curva, quedándose atrás, para tirar de lejos, o reducir su velocidad, entregándose fácil al pase horizontal. Eso que alejó a Marcet y a Piquin de la línea, y que viene siendo también defecto capital, cuando se juntan dos hombres blandos en medio, aunque Ruiz colabore con ellos y que hoy pareció, al principio, ligeramente superado, con Ruiz en el vértice del ataque, se ha vuelto a plantear al lesionarse Argilés, mediada la primera parte, en una jugada a la que acudió para salvar una situación comprometida, lanzándose a los pies de Pasieguito. Argilés tuvo que ser atendido; le colocaron una rodillera y le vimos situarse de centro delantero y descender Arcas a defensa central, pasando Ruiz a extremo derecho.

Pronto nos fuimos dando cuenta del error. Arcas, que había dado vivacidad al ataque y que difícilmente era sujetado por Sócrates, pasó a ser un defensa mediocre para contener a un Seguí, al que se veía obligado a perseguir siempre en posición forzada, porque al dejárselo olvidado para apoyar a la delantera como un tercer volante, escapaba peligrosamente. Ruiz, en la orilla, no pudo superar nunca a Sócrates, que incluso se fué envalentonando y enseñándole los dientes, como vulgarmente suele decir, al observar que entrándole fuerte le podía y lo anulaba. Y así, en el centro de la línea, reunidos Osvaldo, Moreno y Argilés, lesionado, bastante hicieron con aguantar y empujar como vimos en la segunda parte, pese a ser materialmente imposible imponerse a una barrera de cinco hombres jóvenes, duros, enérgicos y que les superaban en estatura como Mestre, Sendra, Quincoces, Puchades y Sócrates, a los que en algunos momentos se unían también Pasieguito y Buqué.

Yo sé que muchos aficionados salieron ayer de Sarriá convencidos de que la mala suerte se había cebado en el Español. Conforme habian quedado las cosas en el momento de producirse la lesión de Argilés, únicamente la fortuna pudo haber convertido en goles sus esfuerzos. Ganar por uno a cero como lo hizo el Valencia, era lo más fácil que podía ocurrir, ya que hasta var los levantinos que pasaba el tiempo y había campo libre por delante, no decidieron lanzar el balón largo a Wilkes o Mañó, para lanzarse a la corazonada de marcar un gol. Y así lo hicieron.

Arcas, con su entusiasmo, parreció llevar la dirección del ataque en el segundo tiempo. Se adelantaba y apoyaba a sus compañeros, pero unos y otros o raseaban el balón en corto por breve recorreido atrás o lo enviaban en centro sobre el área, provocando, desde luego, barullos en la puerta que casi siempre eran resueltos con ventaja por los defensores adelantando a los atacantes porque por estatura llegaban antes al balón con la cabeza, viéndolo llegar de cara y de espaldas al marco, míentras los blanquiazules tenían que ir a él de espaldas y cerrando los ojos ante la proximidad del choque.

Hubo tropezones; hubo pelotas que pareció entrarían, raseadas, por entre un laberinto de piernas, pero que siempre rebotaban en ellas. Y así, fueron gastando pólvora en salvas los delanteros del Español, haciendo mucho más de lo que cabía especar, de una composición tan poco sólida y poco lógica como la que estuvo apurando sus energías hasta finalizar el partido, sin encontrar la jugada de descuido que únicamente pudo haberles ayudado a mover el marcador.

Y la defensa del Español jugó bien. También su media. Pese a la franquicia de movimientos que tuvieron y espacios libres que hubo ante los delanteros levantinos, ni Wilkes pudo hacer nada práctico hasta aquella jugada genial, ni Mañó, pese a su velocidad, supo burlar a Faura una sola vez. Seguí, algo torpe de movimientos, algo lento, pudo ser alcanzado por Arcas repetidamente, pese a dejarle suelto para irse más allá del medio campo y Pasieguito y Buqué, no pudieron hacer nada práctico, vigilados esta vez por Gámiz y Casamitjana, que se limitaron únicamente a eso: a su marcaje, más que a prestar auxilio al ataque, porque era forzoso no dejarlos en paz un solo instante.

Y a los treinta minutos del segundo tiempo, se produjo el gol, que había de darle al Valencia dos puntos positivos. Fué una jugada producida después de un saque de banda, casi en el córner. Wilkes, vuelto de espaldas a la línea de kick, envió el balón atrasado a Mañó, que venía por el centro. más bien hacia la izquierda que a la derecha, y disparó sobre la marcha, enviando el cuero a la red. Fué, en realidad, la única jugada de gol oue aparecíó en toda la tarde, y la suerte quiso que lo consiguiera esta vez el visitante,

Pese a su empaque de equipo hecho, de conjunto de peso que le asemeja, en el campo, al Real Madrid, ya que empieza por llevar su misma indumentaria, el Valencia no acaba de ofrecer un vistoso matiz. Lo más selecto en sus filas es, desde luego, la serenidad maestra de Wilkes y su manera de actuar en el campo, con finura académica, pero con un sentido práctico por su manera recta de transitar en él. Si en sus líneas de atrás resulta el Valencia cuajado y recio, su delantera ofrece defectos al no ligar especialmente por la derecha Pasieguito y Mañó y al faltarle a Buqué un extremo veloz al que lanzar con sus entregas tajantes en raso, pero en largo, que piden unas piernas tipo Manchón, saliendo a por ellas. No un exterior de balanceo y desplazamiento armónico, como viene resultando Seguí, actualmente, en una delantera a la moderna.

Posiblemente, en su campo, será el Valencia otro Valencia, ya que en Sarriá fué el equpo que juega a la contra y espera el momento de puntuar, si puede. Vimos a ese Valencia jugar como temiendo al Español de los comienzos y buscando aguantar este empuje, aguardando el agotamiento físico del adversario y habiendo momentos en los que acaso pudo intentar el juego de ataque. Nos pareció demasiado temeroso y prudente, con toda la ventaja física de su conjunto recio. Algo como si no estuviera demasiado seguro de sí mismo, si se salía valientemente de su caparazón para ofrecer una batalla abierta.