Ficha de partido: 19.11.1950: Atlético de Madrid 3 - 2 Valencia CF

Ficha de partido

At. Madrid
At. Madrid
3 - 2
Valencia CF
Valencia CF

Equipos titulares

Timeline del partido

escudo local
Inicio del partido
0'
escudo visitante
Manuel Badenes
4'
Quiliano Gago
15'
Descanso
45'
Escudero
60'
Escudero
76'
Ben Barek
89'
Final del partido
90'

Estadio



Nombre: Metropolitano
Aforo: 25.000 espectadores
Ubicación: Madrid / España 
Inauguración: 13/05/1923 (Demolido en 1966)

Rival: At. Madrid

Records vs At. Madrid

Máximo goleador: Mundo Suárez (16 goles)
Goleador rival: Luis Aragonés (12 goles)
Mayor victoria: 9 - 1 (13.09.1936)
Mayor derrota: 0 - 5 (10.11.1985)
Más repetido: 1-1 (20 veces)

Crónica

Cada equipo ha de jugar "a su aire". A través de los tiempos y de la constante renovación de los jugadores, los clubs conservan su estilo, el tono general de producirse. Como si la "solera" tuviera, a pesar de la ausencia de los que en otro tiempo impusieron las normas originales de juego y una influencia decisiva en las fórmulas por las que siempre discurrirán los esfuerzos con su tono peculiar. Tal es el caso del Valencia, que, temporada tras otra, se acreditó como equipo del fútbol fuerte, duro, áspero, bronco.

Con sus características logró el Valencia sus más destacados triunfos. Como el Atlético madrileño, encarrilado por sus derroteros, bien opuestos, alcanzó tantos otros suyos, que se pudieron malograr en la reciente ocasión, tan sólo porque el Valencia acertó a imponer los específicos recursos. Lo absolutamente cierto es que este partido fue rigurosamente malo, aunque prolongada la emoción hasta después de terminar. Porque después de transcurridos los minutos del segundo tiempo, cuando se jugaban los instantes de la prórroga por las breves interrupciones, llegó el "penalty" y con él la febril victoria merced al disparo de Ben Barek. Y todavía el público se entretuvo no tanto en aplaudir como en contemplar las airadas protestas de varios muchachos del Valencia, a los que, afortunadamente, Quincoces pudo convencer para que depusieran la belicosa actitud.

El ventarrón impuso su fuerza y, por tanto, la primera parte, tan desabrida como la tarde, fue del Valencia que jugó a favor de viento. Pero entre los rojiblancos, Silva, no repuesto de su lesión, fue casi una figura decorativa, y Mújica, sin el apoyo de, su compañero, "flotó" a merced de la impetuosa avalancha que se adueñó por completo de la situación.

No se podría decir, por otra parte, que los valencianos hacen su fútbol con ausencia de juego. Por el contrario, en la línea medía, Puchades y Sahtacatalina componen esa esforzada pareja que en el ataque como en la defensa se emplean con lujo de recesos físicos inagotables, extraordinarios. El "rubio", singularmente, está en un momento magnífico; y se puede permitir el lujo de "quemar" energías del principio al fin de la jornada, no corriendo alocadamente, sino hallándose siempre en el lugar donde mayores peligros suscita la controversia. De ahí que no se pueda decir de Puchades que es un hombre que marca a otro hombre, ni siquiera en una zona, sino más bien el futbolista del polifacético alarde, que está en todas parte. Pero sobre todo allí donde hay que preparar o resolver la situación crítica.

Materialmente volcado el conjunto forastero sobre el terreno contrario, la falta de marcaje de los medios locales facilitó la presión en una tarde poco feliz de los defensas rojiblancos. Con una excepción inesperada. Tinte fue tan duro, tan decidido y tan fuerte como era menester para el impetuoso ataque rival. Las repetidas acometidas valencianas desbordaron el reducto local. El viento empujaba el esférico, pero los forasteros se empleaban a fondo. A los cuatro minutos llegó el primer gol: el esfuerzo llevado por el ala izquierda puso la pelota finalmente a los pies de Romero, y el interior izquierda, de tiro raso, fuerte, desde lejos, marcó el primer tanto, que, por mucha que fuera su fuerza, hubiera merecido algún mejor intento de defensa por parte del guardameta. Dueños de la iniciativa, los valencianos, dominaron tenazmente, sin que las tímidas reacciones lograran ningún provecho; y a los quince minutos, uno de los ataques, llevado rápidamente por el ala derecha, terminó con remate del extremo Gago, que fue el segundo tanto.

Todavía insistió más por breve rato el Valencia en sus ataques. La defensa local se afirmó, y Mújica sustituyó a Silva en la tarea de empujar a los suyos. Los rivales fueron marcados más estrechamente y el tiempo transcurrió sin que el Valencia se emplearatan denodadamente como antes. Por supuesto, la segunda parte fue el reverso de la medalla. El mismo aire, pero empujando al Atlético, facilitó el dominio completo de los rojiblancos, que, además, se olvidaron del juego afiligranado para emplearse con idénticas vehemencias a las empleadas por los enemigos. Y la meta valenciana, asediada de continuo, fue la película del plazo íntegro.

La diferencia estribó, sin embargo, en la mala fortuna del Atlético, cuyos disparos frecuentemente rebotaron en los postes o salieron fuera por pocos centímetros. Sin embargo, el primer tanto fue logrado por Pérez Paya a los quince minutos, después de un rapidísimo avance, con Escudero. Luego, en pleno y emocionante dominio, aunque el Atlético se plegara siempre al juego de los patadones y el balón aéreo, tan propicio a los rivales, se sucedieron las oportunidades, malogradas hasta la media hora. Entonces, Carlsson centró lento y hábil, y Escudero, con rapidez, rémató el gol del empate, recibido con la emoción que es de suponer.

A partir de aquí, los ánimos se caldearon y hubo choques frecuentes, siendo objeto el arbitro de protestas, poco justificadas casi siempre. Excepto, cuando, a los pocos minutos, un ataque local por el centro terminó con magnífico remate de Pérez Paya, que marcó el tanto. Pero el arbitro lo anuló por supuesto "off-side", sin darse cuenta de que tras de él, Asensi, pegado al poste, hacía imposible el fuera de juego. Hasta el final los rojiblancos atacaron en tromba en vez de hacerlo con su juego peculiar, y las consecuencias fueron, en la defensa, un tesón fortísimo, y entre los medios, una portentosa multiplicidad de esfuerzos de Puchades. Se interrumpió el juego varias veces; se lesionó Badenes, que retornó pronto a su puesto; fue protestado con más rigor de lo justo el arbitro, porque el gol no llegaba y sus decisiones frenaban una y oirá vez los ímpetus, y el ambiente tornóse excesivamente enrarecido. Hasta que en el pugilato llegaron los segundos de compensación por el tiempo perdido, y en la postrer arrancada de Juncosa, Díaz le zancadilleó cuando, cerca de la meta, se disponía a tirar. Fue ese "penalty" que decidió el partido. Porque Ben Barek, el único que fríamente podía disparar, lo hizo imparablemente, mientras sus compañeros se volvían de espaldas. Y fué el tanto del triunfo, que estuvo a punto de desencadenar nueva tormenta. Pero acertó Quincoces a conjurarla.

Antes de comenzar, los veintidós jugadores, que llevaban brazaletes negros, guardaron un minuto de silencio, en memoria del que fue excelente jugador y perfecto caballero, Monjardín, desaparecido la semana pasada, en trágico accidente.